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¿Qué te hemos hecho, Raquel?

En la lejanía retumban gritos. No son vacas, ni toros, no son mugidos ni gritos de animal bravo de monte ni de terribles espantos sabaneros. Son los gritos de la tierra que llora por sus hijos perdidos ¡Ay, Raquel! ¿Quién te consolará? Si ya nadie te respeta, si todos te usurpan, si todos te rajan a bala, si a tus hijos le rompen la testa y la cerviz a punta de bolillo, pistola y violencia sexual. ¡Ay, Raquel! Ya no quieres ser consolada, porque has perdido a tantos, frutos verdes de tus entrañas, que ya no te queda útero para sentirlos ni corazón para añorarlos ni cabeza para pensarlos. ¡Te asesinaron la vida! Y los gallinazos, peores que espantos, se relamen las jetas pensando que mañana vendrán, de nuevo, tus hijos a luchar por el pan que se les quita, por la vida que se les trunca, por los derechos que se les incumplen, por existencia que se les es trastocada ¿Quién consolará tus lloros? ¿Quién te limpiará los mocos o las rasgaduras de sangre sobre tus ropas puras?


Una voz se escucha a lo lejos, es la voz de unos blancos llamando a la cordura, unos blancos llevando armas para amansarnos como intentaron amansar a nuestros hermanos de tierra, a nuestras madres de barro. Y otra voz se escucha, es la voz de los lascivos, los impúdicos que gritaban en la casa de Dios, manchando sus altares, que se caería la mano a aquel que votara por los rojos. ¡Ay, Raquel! Y tú, que levantaste a los tuyos con el sudor de tu frente, entre tintos calientes y mugre en las uñas, bajo la mirada pervertida de los de arriba, de los barbudos, de los hijos bastardos que trajeron las bestias de madera y quienes se mantuvieron mamando, como colorados, cuales garrapatas, tal como niguas, de la miseria y la desgracia de tus hijos. ¡Oh, Raquel! ¿Cuándo hallarás justicia?


Tus ganas de equidad son evidentes para cualquiera que te mire a los ojos y note ese deseo de que todo esto cese. ¿Tardarás mucho en encontrar la luz? Cada día de lucha es un símbolo de resistencia por parte de los tuyos, pero al esconderse el sol y caer la noche, tus hijos son víctimas de la traición a manos de los titiriteros de esta incesante historia de dolor.

¡Oh, Raquel! ¿Quién diría que clamar por lo que les corresponde y lo que durante tantos años se les ha arrebatado de las manos, le traería a tu rebaño tantos enemigos? Enemigos que en algún momento fueron amigos, fueron hermanos, pero que hoy son militantes de la guerra, de la barbarie; actuando sin corazón, olvidando cualquier acto de humanidad y arremetiendo sin mente contra su misma sangre.


No hay nada peor para una madre que presenciar una disputa entre sus hijos, ¡Ay, Raquel! Tu dolor ha de ser inmenso y a tu descendencia que eligió el camino de la violencia parece no importarle. ¿Por qué decidir dividirse en bandos, cuando el objetivo debería ser el mismo? A final de cuentas todos tus hijos terminan siendo familia, compartiendo el suelo de un mismo territorio, y la mayoría siendo víctimas de las mismas desigualdades e injusticias y en cuanto a aquellos que no lo son, por lo menos algunos intentan tener una pizca de empatía y evitan dejar que el privilegio que poseen les nuble la vista, los otros, ya sabemos que ruta eligieron.

¡Oh, Raquel! Son días difíciles para ti y tus hijos, pero no tan difíciles como estos casi cincuenta años que han pasado. Años de injusticia, de desigualdad, de robo a manos de cuellos blancos, de falta de oportunidades, de falta de un futuro. Has luchado tanto durante tanto tiempo, que todo lo que viviste en el pasado se convierte hoy en impulso para continuar en el presente con esta lucha que cada día toma más fuerza.


Raquel, tú que nos viste crecer y nos alimentaste de tu teta, ¿cómo puedes seguir dándonos tanto cuando de ti se roban hasta la sangre y el petróleo de tus venas? ¿Cómo es que no desatas la fuerza de tu furia y nos escupes en un estero lejos? Ya, Raquel, no deberías aguantar más que unos cuantos roben, te exploten, te sequen, te violen. Llevas así desde que te invadieron esos blancos mañosos en la conquista y se sintieron dueños de todo tanto que ni siquiera un nombre propio te dejaron. Y qué decir de tus hijas, esas madres de barro, que así como tú tuvieron que aguantar todo, hoy día las manosean, las embarazan y las botan. Pero la culpa nunca fue tuya ni de ellas. Nunca lo ha sido y nunca lo será. La culpa siempre ha sido del hombre blanco, que queriendo no ser nunca confundido con el guahibo, por pobre, por feo y por apartado, se ha nombrado a sí mismo padre de la tierra y ni siquiera una mirada de ternura te ha dedicado en quinientos años.


¡Oh, Raquel! No sabes cuanto lloro al saber que te han lastimado tanto y que nosotros lo hemos permitido. Que aunque hemos querido estar del lado de los buenos, nuestro silencio es cómplice porque dizque así deben gobernarnos y protegernos. ¿Y quiénes son los que dicen protegernos, oh, Raquel? Esos sutes que ya ni siquiera son los blancos -esos están más cómodos por allá joropiando la vida con su plata- que ahora cargan fusiles en mano por la calle y nadie puede protestarles porque así se los ordenaron. ¿Raquel, acaso sabes tú quién pingos dio la orden? ¿Tú sabes quién fue el psicópata que se robó a tus hijos del campo, les cambió la ropa y luego te los botó sobre tu cuerpo con las botas puestas al revés? Dicen que te roban 6.402 hijos, pero Raquel, tú y yo sabemos que ni a palo por ahí va la cuenta de tus ríos ensangrentados.


Dime, Raquel, tú que todo lo miras, tú que todo lo sabes, ¿acaso algún día podrás perdonarnos?


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